50 sombras de Grey: 50 clichés de Grey

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Haciendo gala de una objetividad poco común en mí, el primer adjetivo que aplicaré a este fenómeno cinematográfico es rentable. Solamente en España recaudó, en su primer fin de semana, más de 7 millones de euros, que se dice pronto. Lleva un mes en cartelera y ahí sigue, aguantando la presión de las oscarizadas -o nominadas- y de las nuevas películas de temporada que vienen pisando fuerte.

Claro que la película 50 sombras de Grey era una apuesta segura, tras el increíble éxito previo de la novela homónima, que no tardó en convertirse en el libro más vendido de Random House (uno de los editores más importantes de EEUU), que asegura que, en el momento de más apogeo de la saga, vendieron hasta dos libros por segundo. Y no es de extrañar, teniendo en cuenta el místico origen de esta novela que nació, ni más ni menos, como un fanfic de Ana Karenina, una de las obras estrella del maestro ruso Leon Tolstoi. E. L. James, autora de la novela, incluso homenajeó a Tolstoi llamando Ana a su protagonista, cerrando así el círculo de la vida de la literatura, que se retroalimenta constantemente, creciendo como un Universo paralelo del cual solo somos testigos, no partícipes.

Habría estado bien, ¿verdad? Pero lo cierto es que no, 50 sombras de Grey no tiene nada que ver con Ana Karenina, sino que es un fanfic de, atención, atención, Crepúsculo. No he tenido la oportunidad de leer esta saga vampírica (eufemismo de que no me ha dado la real gana de hacerlo), pero me hago una idea de su calidad literaria gracias a la obra que hoy nos atañe y me reafirmo en mi decisión de no leerla. Ahora bien, lo que no leo o veo, no lo critico, por ello he de volver a las sombritas, que sí vi y sí leí.

Pues nada, E.L. James (que es una mujer, por cierto) escribió en plena crisis de la mediana edad (declaraciones suyas, no mías) una historia en la que chica universitaria, aparentemente independiente, lista y atractiva, conoce a chico de éxito, guapo, rico y con unos traumas terribles. Y el conflicto comienza cuando se descubre que al chico le gusta dar caña a las chicas, atarlas y hacerles cosas que rara vez se habían puesto por escrito para el público general, pero no es para nada romántico. Y la chica, oh, pobre chica, que ansía por encima de todo ser feliz con un hombre que cuide de ella, se enamora del chico malo. Él le pide que firme un contrato en el que pactarán las cosas que le está permitido usar y hacer, desde vibradores, bolas chinas, tapones anales hasta el fisting. Y claro, la chica tiene que pensárselo todo lo largo y ancho de una película.

Dudo que interesen demasiado los aspectos técnicos de la película cuando hay carnaza de la buena que comentar. Pero por si hubiera algún cinéfilo de verdad entre mis lectores, aquí va: “Ni fu ni fa”. Para mí no hay expresión más puramente reveladora que ésa, ya que casi todos los aspectos de la película, más allá del argumento y la música, me dejaron totalmente indiferente; ni siquiera Jamie Dornan encarnando a Christian se me hizo muy atractivo y/o deseable, cosa que me parece que debía ser un objetivo primordial a cumplir por parte de la Producción y un fail mayúsculo. Es destacable, eso sí, el radical cambio de ritmo que se produce hacia la mitad de la cinta. Mientras que al principio todo sucede a un ritmo frenético, como si fuera hecho para que pasase lo más rápidamente posible, la segunda mitad pega un frenazo radical para ensañarse en las esperadísimas escenas de sexo. Y, sonando de fondo, una Beyoncé más sensual que nunca, con un clásico que no podía ser más apropiado para la temática.

No tengo intención de que el debate se centre en si, como mujer, permitir que te aten y te den unos azotes es machismo o no lo es. Los gustos sexuales de cada cual, que se guarden para la intimidad de la alcoba, porque en mi opinión no tienen demasiado que ver con la discriminación por razones de género. Ahora bien, la total sumisión a un Amo que es, además, un experto acosador, que premia haciendo regalos carísimos y castiga dando azotes; su impunidad para hacer lo que le dé la real gana; la fragilidad con la que se presenta la virginidad de la mujer; la concesión del perdón a los preocupante ataques de celos del señorito; la negación de la propia identidad y la libertad… e innumerables aspectos que aparecen detallados en ambas obras (novela y película) no son, precisamente, símbolos de la revolución feminista.

Y es curioso, pero para la gran mayoría del público, 50 sombras de Grey es una oda a la liberación sexual de la mujer, en vez de, como yo lo veo, una apología de la violencia machista. Christian Grey controla a “su chica” (está justificado el posesivo en esta historia) y ella se lo permite. Es notable la secuencia en la que Ana va a Georgia a visitar a su madre y, mientras está en un bar con ella bebiendo un cóctel, aparece Christian para decirle que basta ya de beber (el día que sea mi novio quien me diga que pare de beber, y no mi madre, me preocuparé seriamente). Por cierto: entre Seattle, donde viven los protagonistas, y Georgia, hay unos 4500 kilómetros (google maps me avisa, además, de que la ruta puede contener peajes). Esto lo aclaro para aquellos que piensen que la visita puede ser un detalle romántico y no un ataque de locura injustificado. Bueno, pues Ana deja al cóctel y a su madre, a quien apenas ve, y se va con Christian a dar un paseo en cierto tipo de vehículo volador que no he sabido identificar, para compensarle por las molestias del viaje.

Porque claro, Christian Grey es guapo, rico, galán, culto, cuidadoso, toca el piano y ¡sabe pilotar! Tiene una pega, como ya he dicho: no es nada romántico. No le gusta tener citas, ir al cine, cenar, pasear… Pero, por Anastasia, por ella y por nadie más, lo hace. ¡Eso sí que es amor! ¡Te perdono los azotes con el cinturón, cariño! ¡Dejar que controles todos los aspectos de mi vida es un precio justo por tenerte! A ti, a tu helicóptero, al audi que me has regalado, un mac, toda la ropa que podría desear y… sí, señores y señoras, la escritora hace aquí gala de una superioridad intelectual que a todos impacta e incrusta entre los regalos de Don Grey, una colección de primeras ediciones de Tess of the d’Urbevilles de Thomas Hardy, con su correspondiente cita. No es ironía, se agradece la referencia.

A grandes y pequeños rasgos, 50 sombras de Grey es una obra construida con una serie de clichés -machistas- escritos por aburrimiento, publicados por intereses comerciales y consumidos por ignorancia. El día a día. Me pregunto si la novela se hubiera vendido si tratase sobre un chavalito que se somete a una dominatrix o se la hubiera tachado a ella de depravada sexual. ¡Es más! Me pregunto si Universal o Columbia la hubieran distribuido si Christian Grey hubiese sido un empleado del Burger King en vez de un magnate de las telecomunicaciones, cuyo objetivo es erradicar el hambre en el mundo.

Afortunadamente, la lectura y el cine son siempre agradecidos y enseñan algo. Las 50 sombras de Grey me han enseñado que no debo perder el tiempo leyendo o viendo el resto de la trilogía, porque va a ser la misma patraña, con muchos más polvos y muchos más clichés. Ignoro, por tanto, cómo acaba la historia de Christian Grey y Anastasia Steel. A lo mejor, ella finalmente accede al fisting anal y se muere de un desgarro. Lo cierto es que no me importa.

 

2 Comments on “50 sombras de Grey: 50 clichés de Grey”

  1. Bravo, aplausos para ti el cine y la literatura están tan llenos de estos típicos clichés que ya dan asco.

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