Calvary: confesiones del azar

Hay cierto tipo de películas que no pueden evitar pasar desapercibidas para el gran público, devorador éste de campañas publicitarias sin que apenas llegue a percatarse de ello. Ya en 2011, el director irlandés John Michael McDonagh se atrevió a realizar una cinta a medio camino entre la comedia negra y la introspección del personaje en El irlandés. En esta ocasión, nos llega Calvary, de nuevo bajo su dirección y guion, una película estrenada hace casi un año en tierras irlandesas. Esto ya nos indica en cierto modo el arquetipo de producto que tenemos frente a nosotros.

La cuestión es: ¿merece la pena?

Y la respuesta es totalmente afirmativa.

Para el indeciso, basta con ver los primeros diez minutos y podrá decidir con total seguridad si le interesa la propuesta o no. La primera escena determina cuál será el nudo a desenlazar al final de la cinta. El grueso de la narración es un lugar donde se aprovecha para sacar las herramientas de introspección y comedia negra a las que ya hacíamos referencia, y que McDonagh vuelve a usar, esta vez llevadas a un nivel más maduro y comedido.

Es un trabajo puramente basado en diálogo e interpretación. Las preguntas se lanzan entre personajes, pero realmente van dirigidas al espectador, porque en la mayoría de los casos no hay respuesta, se busca que seamos nosotros quienes divaguemos y nos demos cuenta de nuestras propias contradicciones e incoherencias. Es un riesgo querer decirle al público «busca respuestas que no quieres encontrar», pero es el camino elegido en el desarrollo de esta historia. La arbitrariedad y la injusticia están presentes constantemente. O quizás simplemente buscamos una coherencia que no tiene por qué existir.

Brendan Gleeson, actor omnipresente donde los haya, realiza una interpretación que hace las delicias de aquellos que degusten las actuaciones de contención, de insinuar dejando dentro del personaje dónde ahondar más y más a cada secuencia.

El trabajo en la fotografía tiene momentos brillantes y goza de un gran significado en los mensajes que guarda la película. Pasamos de un confesionario donde apenas puede entrar la luz del sol, donde estamos atrapados únicamente con nosotros mismos, a un lugar abierto y absolutamente precioso como es el Condado de Sligo, unas tierras irlandesas llenas de paz y preciosismo visual, donde encontrar —o no encontrar, eso depende de nosotros— la liberación perdida que se nos presenta.

En cuanto a los aspectos negativos de la película, realmente me cuesta encontrárselos y que sean suficientemente sólidos para representar un problema. Por ejemplo, quizás algunos personajes secundarios puedan resultar algo forzados en su función, pero son necesarios y personalmente creo que nadie empaña un trabajo coral —alrededor del protagonista— excelente. Incluso en ese reparto podemos destacar como un atractivo para el público más mayoritario a un Aidan Gillen —conocido por ser Petyr Baelish, alias Meñique en Juego de Tronos— que se atreve con un guiño en forma de chiste a la serie que le ha dado fama. El verdadero problema es que su humor negro para la gran mayoría del público será en realidad todo lo contrario a gracioso, ya que no se trata de un par de chascarrillos chabacanos; pero al fin y al cabo esa es buena parte de la esencia del humor negro.

Si hubiera comenzado con «la historia trata de un cura que…», hubiera perdido la atención de casi todo lector que haya llegado hasta aquí. Porque sí, se trata el tema de la religión, pero es una vía espiritual como otra cualquiera para ejercer un papel buscado dentro de la trama.

 

Lo mejor: su capacidad para unir de forma natural diálogos cargados de simbolismo con humor negro. Amén de Brendan Gleeson.

Lo peor: la presentación y el desenlace no están tan explotados a nivel argumental como debería.

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