Cenicienta: modernizando el cuento

Erase una vez una joven llamada Ella (Cenicienta para los enemigos) que quedó a merced de su malvada madrastra y sus caprichosas hijas tras la muerte de su padre, pero no olvidó nunca el consejo de su madre sobre ser valiente y amable y, por tanto, nunca perdió la esperanza. Como reconocimiento a su bello carácter y su fuerte espíritu, su alocada hada madrina la convirtió en princesa dándole hasta medianoche para conquistar al encantador príncipe del reino.

Quien encuentre esta trama insulsa y carente de interés no tiene motivo alguno para ir al cine a ver la Cenicienta (2015) de Kenneth Branagh, pues sólo se encontrará con una fiel adaptación del archiconocido cuento popular, ya adaptado con estilo por Walt Disney Pictures en 1950. En esta ocasión, la acción real sustituye a la animación y el progresismo hace lo propio con el conservadurismo clásico, pero la historia sigue siendo exactamente la misma. Ni más ni menos. Y eso no es malo, en absoluto. ¡Lo que hubiéramos dado por que la Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton o El Hobbit de Peter Jackson se limitaran a sus fuentes originales! En un mundo cambiante como el que vivimos, a veces resulta reconfortante adentrarse en universos ya conocidos, eso sí, perfectamente retratados.

Y es que la nueva Cenicienta consigue modernizar el mítico cuento sin dejar nunca de lado su identidad ni su esencia. Los baches se solucionan y la personalidad de los personajes se desarrolla, pero el cuento se mantiene. Así, el machismo inherente a la mayoría de adaptaciones que ha dado este relato (destacando, por supuesto, el reaccionario clásico de Disney) da paso a un fuerte feminismo que, lejos de convertirse en un manido discurso, da lugar a un mensaje muy positivo para todas las edades. Así, los personajes femeninos se desprenden del cliché que los invade en el cuento para tomar personalidad propia y luchar por unas motivaciones excelentemente expuestas por el rematado guion de Chris Weitz, quien, pese a tropezar con la saga Crepúsculo, suele tener buen ojo para las adaptaciones; prueba de ello son Un niño grande (2002) y La brújula dorada (2007).

Frente a la insulsa heroína (por decir algo) del cuento original, la Cenicienta encarnada por la sorprendente Lilly James es un personaje de dulce personalidad pero potente espíritu, que toma las riendas de su vida pese a las terribles dificultades que debe afrontar desde su tierna (nunca mejor dicho) infancia. Se trata, por supuesto, de un patito feo convertido en cisne. ¡Y vaya cisne! Indudablemente, el hada madrina (agradable Helena Bonham Carter) pone de su parte con la carroza, el vestido, los zapatos (confeccionados en una escena visualmente impecable) y demás virguerías, pero no es ella sino Ella (tan sólo las hermanastras la llaman Cenicienta) quien tiene el mérito. Pues la valentía y la bondad con que supera las pruebas de la existencia suponen un —tan cursi como poco original pero muy necesario— mensaje de esperanza para los espectadores y embriagan de emotividad la segunda mitad del relato. Y es que, por primera vez, resulta posible identificarse con tan icónico —pero, hasta ahora, plano— personaje.

Imprescindible para dotar a la historia de amor de verosimilitud y belleza resulta el personaje del príncipe, fantásticamente encarnado por un guapísimo Richard Madden recién salido de Juego de Tronos. Nos hallamos por tanto ante un reparto bastante televisivo, pues tanto James como Sophie McShera provienen de la serie británica de época Downton Abbey. Esta última aporta, junto a Holliday Grainger, el contrapunto divertido, al dar vida a dos hermanastras bastante más estúpidas que malvadas. Empero, quien verdaderamente roba la función es la gran Cate Blanchett, quien, lejos de tomarse el papel como un trabajo menor dentro de su fascinante filmografía —que incluye dos Oscars por El aviador (2005) y Blue Jasmine (2013)—, otorga a la madrastra una profundidad insólita para un personaje de tales características. Por supuesto, el desarrollo del mismo debe mucho al libreto de Weitz, pero este no tendría tanta fuerza sin la potente mirada de la intérprete australiana, quien borda los momentos dramáticos pero también los más hilarantes. Así, frente a la hueca villana de la cinta de 1950, esta madrastra del siglo XXI actúa en base a preocupaciones y deseos enormemente humanos (sin dejar por ello de ser perversamente cruel, por supuesto).

Y, si el reparto está pletórico, el plano técnico es sencillamente fascinante. La dirección artística de Patrick Ferretti nos sumerge en un mundo maravilloso, pero es en el vestuario donde encontramos el triunfo visual del filme, con innumerables prendas tan llamativas como relevantes para el desarrollo de los acontecimientos. El vestido azul plagado de cristales de Swarowski resulta un ejemplo fácil, pero no es en absoluto el único: desde el elegante atuendo verde esmeralda de la madrastra hasta los tontamente coloridos modelitos diarios de las hermanastras, el diseño de vestuario de Sandy Powell es una baza segura para los próximos Oscars, donde tampoco debería faltar la magnífica banda sonora de Patrick Doyle, que verdaderamente subraya cada escena con rotuladores permanentes. Si añadimos la cuidada fotografía de Haris Zambarloukos encontramos un auténtico festín para los sentidos.

Por supuesto, nada de esto sería posible sin la experta mano de Kenneth Branagh, por fin recuperado tras una década tristemente olvidable. Cenicienta es una producción muy diferente al drama histórico Enrique V (1989) y la comedia dramática Los amigos de Peter (1992), por supuesto, pero las tres resultan perfectas dentro de sus respectivos ámbitos. Y es que, quienes infravaloran Cenicienta, deben recordar que los cuentos, el romanticismo y la fantasía merecen un lugar en la historia del cine con el mismo derecho que otros géneros y estilos supuestamente más trascendentales. Con Cenicienta, el estudio Disney ha dejado claro que el auge que experimenta en el plano de la animación —como prueban sus recientes Oscars por las divertidas Frozen (2013) y Big Hero 6 (2014)— ha invadido a todas sus producciones. Con las próximas adaptaciones de acción real de Dumbo, El libro de la selva, La bella y la bestia, Mulán y Pinocho, tendremos magia Disney para dar y tomar. Y eso no podría ser mejor regalo para quienes crecimos embriagados por ella.

Lo mejor: el interesante giro progresista y la excelencia del reparto, la banda sonora y el vestuario.

Lo peor: para bien y para mal, sigue siendo La cenicienta.

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