John Wick. Pacto de sangre: que viene el coco

En realidad, me hubiera gustado titular esta crítica como “el placer culpable de disfrutar viendo a Keanu Reeves repartir estopa y matar a todo bicho viviente”, pero, claro, quedaba un poco largo. Quitando la longitud, desde luego describe bastante bien esta entretenidísima John Wick: Pacto de sangre.

Que ¿quién es John Wick? Pues eso mismo me preguntaba yo cuando una noche, al volver a casa y sin ganas de acostarme, me dediqué a hacer zapping en la televisión. Cuando de repente (o gracias al destino) me encontré con una película de la que no había oído hablar, John Wick, donde el señor Reeves se peleaba con medio mundo y mataba hasta al apuntador. Y eso solo porque el idiota hijo de un mafioso ruso tuvo la genial idea no solo de robar el coche a un letal y reverenciado asesino a sueldo, sino de matar a su cachorro, que simbolizaba el último recuerdo de su esposa muerta, la mujer por la que abandonó su mortal ocupación.

Cualquiera que haya visto la primera parte no entenderá por qué esta producción no llegó a estrenarse en cines en nuestro país, sino que pasó directamente a la pequeña pantalla. Pero, como dice el dicho, más vale tarde que nunca, y, gracias al éxito que consiguió la presentación de este personaje, ahora podemos recrearnos en pantalla grande con esta fantástica segunda parte.

Lo mejor es que la acción se retoma justo donde terminó la anterior, enlazando así ambas historias. Desde luego, el guion es casi inexistente, pero es que da exactamente lo mismo. Qué me importa el guion cuando no puedo apartar la vista de la pantalla en unas escenas de lucha perfectamente coreografiadas y tremendamente efectistas.

Y, por qué no decirlo, también por alucinar con la letal efectividad de Wick a la hora de matar, directamente, sin florituras y con precisión, a todo aquel que osa interponerse en su camino. Seguramente no sea políticamente correcto confesarlo, pero es que hay momentos en que parece que la sangre va a salpicarte y no hay nada mejor que esa sensación de realidad en cada muerte, en cada atropello y casi en cada golpe.

Porque además aquí se reducen bastante más las “moñadas” de intentar hacernos ver el lado sensible de un mortal asesino que no duda lo más mínimo en quitar de en medio a cualquiera que obstaculice su personal venganza.

El conjunto de todo esto es John Wick, un sorprendente (a pesar de ciertas carencias) filme de acción rodado de manera sobresaliente por Chad Stahelski, todo un especialista, no solo por haber ejercido de doble de Keanu Reeves en Matrix, sino por coordinar las escenas de lucha en sus secuelas. Está claro que Stahelski aprendió bien la lección, con una ópera prima de lo más interesante y una secuela que puede llegar hasta a superarla. Si en el futuro se preocupa más por la calidad del guion y la profundidad de los personajes, sin duda será un director al que seguir.

Y encima la producción esta cuidadísima, con una fotografía que es una maravilla y unas localizaciones perfectas, sobre todo las que tienen lugar en la ciudad de Roma. ¿Qué más se puede pedir?

Lo mejor: el brillante espectáculo de acción y las escenas de lucha; la fotografía; y la (por surrealista e irónica) escena que comparten los personajes de Common y Reeves en el bar del hotel Continental, discutiendo de la manera más educada y civilizada posible cómo van a acabar el uno con el otro.

Lo peor: la sobreactuada presencia de Laurence Fishburne (¿dónde estás, Morfeo?).

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