Martin (Hache): La hache no siempre es muda

MARTIN (HACHE), Juan Diego Botto, Eusebio Poncela, 1997. ©Strand Releasing

Algún día no muy lejano haré una lista con las obras de arte que han removido mis entrañas a lo largo de mi vida. Porque todos – o todos a quienes respeto, al menos – tenemos esas cuatro o cinco, o diez u once creaciones que nos han conmovido profundamente en una etapa de la vida, porque nos han impresionado, porque nos hemos identificado con ellas o, simplemente, por el contexto de su recepción. Y ahí se mantienen, en las entrañas, que es ese algo nuestro y de nadie más. Y volvemos a verlas y nos emocionamos, bien porque siguen teniendo el mismo efecto que antaño o porque nos recuerdan aquello que fuimos.

Martín (Hache) estará en esa lista porque llegó a mi vida hace unos cinco años y decidió quedarse, como si tuviera vida propia. Y de vez en cuando es necesario recordarla, aunque sólo sean los pasajes más importantes, como el que da título a este artículo o el que finaliza la canción de Boikot Korsakov, hablando de la patria. Pero todavía más de vez en cuando, decido verla de nuevo entera, porque en cada visionado descubro una maldita nueva idea que se cuela en la rejilla de mi (sub)consciente y que me quedo rumiando durante meses, de día o de noche.

Martín (Hache) descompone la libertad sin tapujos. La adolescente que yo era cuando la descubrí, todavía tenía anclada en la mente la idea de libertad y libertinaje católicos, y el epicureísmo y la ataraxia sonaban pecaminosos. Y en vez del ya conocido axioma “las drogas son malas”, descubres que, buenas o malas, son una elección. Y descubres que no existen las verdades absolutas. Que una madre puede querer echar a su hijo de casa. Que hasta los más honestos son hipócritas. Que las convenciones tradicionales no son la única puñetera opción. ¿Por qué casa, coche, hijos? La casa propia es una tumba. Es el final del camino.

Hay frases que se marcan a fuego en la piel. Y duele pensar en ellas porque son la traducción de lo que nunca fuimos capaces de expresar. Y Martín (Hache) tiene varias de esas. En segundo de carrera, con toda la vida por delante y lo que consideramos un montón de experiencias vitales detrás, hacemos como que nos comemos el mundo. Pero lo cierto es que nos da miedo abrir la puerta de nuestra casa para que nadie nos moleste, cuando en realidad tenemos miedo de lo que los demás verán de nosotros. Nadie tolera el testigo de sus miseras ocultas. Sabemos en nuestro fuero interno que somos víctimas de acoso, que somos infravaloradas, que la sociedad no es igual para los hombres que para las mujeres. Pero quizá por juventud, quizá por miedo, quizá porque la reflexión requiere tiempo y el tiempo no nos llega a nada, no reparamos en ello. Y viene Dante y nos lo dice ebrio, pero alto y claro: ninguna mujer tiene dueño. El miedo a nuestra propia muerte es la mayor angustia que hemos experimentado hasta que nos golpean con una todavía mayor, que es la muerte de un ser querido: No podés ni pensar en que se pueda morir. Te da pánico porque sabés que si eso llega a pasar, no vas a sufrir ni te va a doler: te va a destruir. Vas a dejar de existir aunque sigas viviendo. Si se muere, te morís con él. Así de sencillo.

Nos creemos progres por no pensar lo que la mayoría. Jamás canté “Yo soy español, español, español” (en todo caso, española, perdonadme que insista), ni enarbolé una bandera cuando Torres marcó aquel gol. Me creía no superior, pero sí más auténtica defendiendo la autodeterminación de mi verdadero hogar, donde la lluvia es arte y Dios se echó a descansar, como canta Siniestro Total. Y de repente me dicen que la morriña no existe; que no se extraña un país; que el que se siente patriota es un tarado mental. La patria es un invento. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos y eso sí se extraña. Y no te lo crees, por supuesto. Pero entonces, años después, te vas de ese país y no echas de menos la bandera blanquiazul, sino a tu gente. Y no le das la razón a ese guionista desconocido porque eres cabezota así que, simplemente, te quedas hueca de ideología.

Y por último, la escena estrella. La que todos conocemos. La que rompe con los cánones de la sexualidad tal y como la entendemos. La que te dice que un cuerpo te gusta, pero una mente te seduce. La escena que entiendes del todo o no entiendes para nada. Como toda la película. Como la creatividad. Como el amor. Como las drogas, la patria, el compromiso, el patriarcado o la vida. Como ese bofetón que te sacude y que puedes tardar años en entender qué fue lo que pasó. Hay que follarse a las mentes.

3 Comments on “Martin (Hache): La hache no siempre es muda”

  1. Una película maravillosa, sin duda. Echo de menos que no hables sobre esos 4 actorazos de lujo que tiene la producción: el gran Federico Luppi, la siempre natural Cecilia Roth, el intenso Eusebio Poncela y el joven talento de Juan Diego Botto, que consigue no ser devorado por estos monstruos de la interpretación. Una película que se basa en su gran guion y que no sería nada sin unos actores superlativos que lo interpretan a la perfección.
    No obstante, gran crítica.
    Beatriz

    1. Era mi intención hacerlo, Beatriz. Tenía un esquema en el que incluía datos de la producción y, por supuesto, el elenco, pero me puse a escribir y escribir y salió esto. Pero estoy totalmente de acuerdo contigo: sin los actores que tiene, no hubiera transmitido ni la mitad.
      ¡Muchas gracias por tu comentario!

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