Puro Vicio: la resaca de los 60

Inherent vice in a maritime insurance policy is anything that you can’t avoid. Eggs break, chocolate melts, glass shatters, and Doc wondered what that meant when it applied to ex old ladies”

Después de un sábado noche, llega un domingo por la mañana. Empieza con despertarse, confuso y desorientado. Si tienes suerte estarás solo, en tu propia cama. Anoche no te habría importado encontrar alguna compañía para dormir, pero entonces no contabas con el dolor de cabeza, las náuseas y el aliento con sabor a Vodka de la mañana siguiente. Por no mencionar esa extraña sensación que crece en tu interior, una mezcla entre arrepentimiento y vergüenza mientras una pregunta ronda tu mente… ¿Qué ocurrió anoche? ¿Hiciste algo tan terrible que tus amigos no volverán a hablarte? ¿Tu madre encenderá el televisor y verá tu fotografía en el telediario? Pronto recuperas la compostura y te convences de que ayer no pasó nada, como mucho dejaste alguna anécdota que tus amigos te recordarán para siempre. Aun así, durante unos minutos en la soledad y confusión de tu resaca sientes que el mundo a tu alrededor sabe algo que tú desconoces… Como si hubiese pasado algo terrible anoche y todo el mundo fuese a señalarte por la calle sin darte ninguna explicación.

Algo así es lo que debe sentir Doc Sportello (Joaquin Phoenix) cuando empieza a investigar la desaparición de su ex novia. Paul Thomas Anderson nos pone en la piel de un detective privado deambulando por la década de los 70, un hippie que lleva sandalias, su higiene personal deja mucho que desear y siempre está colocado. Doc llamará a mil puertas sin obtener respuesta alguna, condenado a que todo el mundo recurra a él sin que nadie le cuente la verdad, a ser parte de una trama que nunca llegará a comprender. Nos vemos inmersos en una película hipnótica donde las preguntas son infinitas y las respuestas casi inexistentes. Estamos ante un trance, una resaca donde intentamos averiguar qué pasó la noche anterior.

Puro Vicio nace de la novela de Thomas Pynchon titulada en inglés Inherent Vice: la tendencia de un objeto a deteriorarse por la inestabilidad fundamental de sus materiales. Una definición con mucho sentido en una película cuyo principal tema es la decadencia: la de la década de los 70, cuando el movimiento hippie cayó presa de la avaricia y el abuso de drogas, la de Estados Unidos, con Nixon como presidente librando una guerra tan absurda como la de Vietnam y la de unos personajes víctimas de su pasado, de los excesos cometidos en la anterior década. Un agente inmobiliario manipulado por su entorno y las drogas, un policía resignado ante la corrupción del sistema que se desahoga abusando de hippies, un marido desaparecido que trabaja como infiltrado, una joven con un don para meterse en problemas y su ex novio, un investigador privado siempre dispuesto a ayudarla.

Paul Thomas Anderson suma una película más a su antología Americana. Si Magnolia (1999) era una crítica coral a la sociedad actual, P.T. Anderson se ha centrado desde entonces en el origen de Estados Unidos, escribir la historia norteamericana. La genial There Will Be Blood (2007) nos trasladaba a la fiebre del oro negro que ahora es la base económica del país. La reciente The Master (2012) nos situaba tras la pista de un predicador y sus seguidores, referencia clara a los cultos que pueblan el paisaje de la América profunda y no tan profunda. Y Puro Vicio tiene su foco en la génesis directa de nuestro momento actual: el fin del movimiento hippie, la década de la esperanza y el cambio dando paso a la paranoia y las clínicas de desintoxicación. La última corriente social con alma revolucionaria que afectó no solo a la sociedad americana sino al conjunto de occidente: 60 años después no ha vuelto a haber ningún movimiento tan ambicioso ni tan importante.

No es casualidad por lo tanto que nos encontremos ante una película de cine negro. Siguiendo los pasos de The Long Goodbye (Robert Altman, 1973) con el detective Marlowe intentando sin éxito alimentar a su gato o de El Gran Lebowski (hermanos Cohen, 1998) alternando sus partidas de bolos con ser confundido por un millonario, Puro Vicio hace uso de este género para dar lugar a su particular ensayo sobre la decadencia de la sociedad americana. Sin duda alguna el noir supone el marco perfecto para una historia de este calibre donde todos tienen algo que ocultar y las cosas nunca son lo que parecen. En cuanto a la vertiente técnica, cabe destacar el trabajo del director de fotografía Robert Elswit, que estuvo también en 2014 al mando de la cinematografía de Nightcrawler (Dan Gilroy), sin duda dos películas donde la iluminación juega un rol fundamental a la hora de sumergirnos en el complejo mundo de los personajes. El trabajo de cámara de P.T. Anderson es original y muy sencillo y las interpretaciones sobresalientes, en especial la de Joaquin Phoenix encarnando con sus patillas, pelo afro y sandalias a un melancólico hippie empeñado en cambiar las cosas una década después sin darse por vencido.

Nos encontramos ante una película fácil de ver, pero difícil de digerir. La confusión no es accidental, sino buscada acorde con un personaje que tiene en las drogas su combustible. Un romántico luchando contra tramas de narcotráfico, conspiraciones gubernamentales, bandas de supremacía aria y una resaca que, al igual que su ex, se resiste a abandonarle. Un hombre solo ante un gran caso que resolver, intentando desencriptar los extraños mensajes que le lanza la realidad. La próxima vez que despiertes tras tomar unas cuantas copas de más, piensa en Doc Sportello. Con un poco de suerte no tendrás a tu ex alrededor pidiéndote ayuda.

Lo mejor: La atmósfera absorbente. El ritmo tranquilo pero sin pausa. Phoenix haciendo de hippie. Johnny Greenwood a cargo de la banda sonora. Joanna Newsome como narradora.

Lo peor: Prepárate para estar media película sin estar seguro de lo que pasa. No esperes tener todas las respuestas al final. Puede resultar superficial si eres Carlos Boyero.

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