Relatos salvajes: dramas del Primer Mundo

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La tarea de encuadrar Relatos salvajes dentro de un género determinado es verdaderamente complicada. Damián Szifrón (Tiempo de valientes, El fondo del mar) se ha revelado como uno de los mejores directores argentinos jóvenes, filmando con un ritmo endiablado esta película de episodios, que trata con acidez situaciones hiperviolentas con las que cualquier ciudadano de una gran urbe occidental puede sentirse identificado. La cinta se compone de seis relatos diferentes (Pasternak, Las ratas, El más fuerte, Bombita, La propuesta y Hasta que la muerte nos separe) que, a modo de pequeños episodios que nos recuerdan a La Colmena de Cela, terminan por constituir el complejo entramado, la gran telaraña, de la hipocresía de la sociedad occidental.
Porque su capacidad para turbar el ánimo del espectador es uno de los principales elementos que convierten Relatos salvajes en una de las mejores películas argentinas de los últimos años: Szifrón plasma la cara más vergonzante del alma humana, la faceta que los “ciudadanos de bien” ocultan bajo los velos de la cordialidad y el comportamiento impecable.
La catarsis de la que ya habló Aristóteles (mente paradigmática de la civilización que supuso el inicio de toda la cultura occidental) es palpable en cada plano de la cinta, cuando el espectador se da cuenta de que los personajes de Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia o Érica Rivas les miran desde la pantalla como desde el otro lado del espejo. El reconocimiento propio en los personajes y el temor a ser, en el fondo, como ellos, disparan la imaginación del espectador y revuelven su conciencia.
El trabajo actoral, por cierto, es también impecable.

Lo mejor: su humor ácido, las interpretaciones, la sensación de estar asistiendo a situaciones que cualquier día podrían desencadenarse en nuestro entorno más próximo.

Lo peor: el descenso del ritmo narrativo en ciertos momentos de la cinta.

One Comment on “Relatos salvajes: dramas del Primer Mundo”

  1. Muy buena crítica, pero difiero, y te explico: la vi en San Sebastián el año pasado y cuando salí, aunque todo el mundo salió encantado, yo tenía un regusto agridulce. Y es que el nivel de los distintos relatos es muy dispar: mientras que el prólogo y el de Sbaraglia son los mejores, por ser, precisamente, salvajes, tanto el de Bombita Darín (una suerte de Taxi Driver burocrático) como el de ‘La Propuesta’ me parecieron meramente correctos, nada más allá de cortometrajes muy bien filmados. El del restaurante, aunque le premisa era genial, no lo alarga lo que debiera (lo que habría dado yo porque entraran dos comensales más) y se queda corto en exceso, mientras que el de la boda, a la postre el peor en mi opinión, lo maximiza demasiado, le da una importancia mastodóntica, y, analizado, no queda rastro de “salvajismo” en él. Y eso.

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