Victoria: hace falta

Yo he venido aquí a hablar de Victoria.

Porque empecé a verla sin expectativas; pasada la medianoche, me dije que podía empezar y, si me aburría, cerrar ventana y sanseacabó. Ay, ilusa de mí, no pensé en la mañana siguiente. Pues la empecé y, pese a sus dos horas y pico de metraje en tiempo real, ya no pude parar.

El ambiente festivo, que diría mi madre, del inicio enmascara la soledad de la protagonista, una joven pianista española que ya no se define ni como pianista ni como española: en Berlín es una emigrante más que sirve cafés y busca amigos desesperadamente en los bares de copas. Saliendo de la discoteca, conoce a un grupo de berlineses “de verdad”, como se definen ellos, que la invitan a conocer the real Berlin. Y, desoyendo todos los consejos de su madre, que posiblemente pondría el grito en el cielo ante tal heroicidad, Victoria se va con cuatro desconocidos a recorrer el centro de la ciudad de moda de Europa.

Si bien la primera hora se me hizo larga como ella sola (aquí a puntito estuve de hacerle un homenaje a Morfeo, bendito el insomnio que me salvó), ya que parece que la película no va de nada más que de un frívolo ligoteo en una noche de alcohol, tras el momento tierno en que la prota nos habla de su pasado, sus frustraciones y ya lo único con que contamos es con el beso (o el polvo en lugar público, que todo puede ser), el guion da un giro de 180 grados para introducirnos en un thriller delictivo, que el espectador va desengranando según lo hace Victoria (siempre y cuando haya tomado la sabia decisión de prescindir de los subtítulos y, por supuesto, sepa tanto alemán como una servidora, que es cero patatero; para todo hay condiciones).

Y llegados a este punto, yo ya me había puesto a gritarle a la pantalla “¡¡NO!! ¡¡NO VAYAS!! ¡¿QUÉ HACES?!”, pero de nada sirvió. La película continuó hasta el final ante mi creciente ansiedad y me dejó con una sensación en el cuerpo que qué sé yo. ¿Qué me enganchó de Victoria? Pues no sé si fue la temática de la soledad de la emigración (hatters gonna hate y dirán que ya está muy visto, pero que prueben ellos a irse a un país donde no hablan tu idioma y entonces, ya hablamos); el plano secuencia en el que está rodada la película (sí, sí, enterita), del que una consigue incluso olvidarse, al ser tan frenética la acción; el tiempo real, que no deja de ser la hechizante madrugada; o (y seguramente haya sido esto) la magnífica actriz que encarna a Victoria, Laia Costa, a quien en España hemos visto en Palmeras en la nieve y series como Pulseras rojas o Bandolera, allá por el 2011. Laia Costa, aunque a la mayoría no nos suene de nada, tiene unos cuantos premios acumulados, entre ellos, el de actriz protagonista de la Academia de cine alemán y es una de las actrices españolas con más proyección internacional.

Victoria, con Laia o sin ella (aunque con ella mejor) es una película que hace falta. Hace falta ver la soledad de una persona en un país extranjero; hace falta ver el talento venido a menos; hace falta ver que la marginalidad también se mueve por el centro de una gran capital; hace falta ver personajes femeninos fuertes, que tienen un papel mayor que el de una lámpara decorativa, que no dependen de nadie, que hoy trabajan en una cafetería y mañana roban un banco; Victoria hace falta por atrevida, porque la película tuvo tan poco miedo como su protagonista y se alzó con los mayores galardones de “los goya” alemanes. Satisfechos quedarán los cinéfilos que se atrevan con un plano secuencia de más de dos horas en alemán y en inglés sin subtitular. Ellos verán que Victoria hacía mucha falta.

LO MEJOR: La actriz protagonista.

LO PEOR: la primera hora de película deja bastante indiferente.

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