Whiplash: Tambores de sangre

Whiplash

Dum. Dum. Dum-dum-dum-dum-dum-dumdumdumdum. Whiplash en letras blancas sobre fondo negro. Un “in crescendo” de batería. Un comienzo que no deja lugar a dudas: esto es una historia que va a ir encarándose poco a poco, piano, forte, hasta llegar al lugar al que sólo la música llega.

¿Estás dispuesto a renunciar a todo por un sueño, por ser el mejor en algo? En esta época estúpida de imágenes pretenciosamente filosóficas en Facebook o de retweets de (lo que es aún peor) falsos Paulo Coelho en Twitter, la respuesta sería que sí, que por un sueño lo que sea, que si te caes te levantas o que el universo va a conspirar para que tú, hijo de vecina de Torrelodones que no ha dado un palo al agua en su vida ni sabe hacer la o con un canuto, consigas alcanzar tu sueño. Plash-tss-dum-tss-dum-dum. Pero la realidad es bien distinta. Y desde luego el universo no está conspirando, porque si no Obama ya lo habría espiado. Eso para empezar.

No, lo cierto es que no. A día de hoy poca gente de verdad se desvive por un sueño. Dum-tss-tss-dum-pom. Por eso, cuando en pantalla se nos muestra a Andrew Neiman, encarnado por ese animal de la pantalla que es Miles Teller -y al que no le estamos dando el mérito que le debemos-, un chaval que quiere ser el mejor batería jazzista del mundo como su admirado Buddy Rich, nos hemos de preguntar si estaríamos dispuestos a todo con tal de llegar a ser el mejor, el mejor que habrá jamás, parafraseando uno de los mejores openings de anime ever.

Y es que cuando, en un momento de este espléndido largometraje, en la pantalla ves como bajo los gritos de ese profesor encarnado con una maestría inaudita por J. K. Simmons (preferiría que no le dieran el Oscar y verlo en más papeles como éste a que lo gane y sea una Jennifer Hudson), las manos del protagonista sangran, te aferras a la silla porque sientes el dolor de no ser tú quien lo está dando todo. Badum-tss-du-dum, plash. Y eso es sólo a mitad de la cinta. Esto coge carrerilla. No para. Va hacia arriba. La tensión en el cuerpo. Un montaje de 10.

Porque precisamente una de las grandes virtudes de Whiplash es que, contrariamente a la actual manía de alargar las películas más allá de las dos horas, dura hora y cuarenta. Pum-Ppum.tss-pum-dum-plash-badum. Y a partir de la mitad todo es vertiginoso. No ya debido a dos actores en estado de gracia y a un ritmo endiablado que hacen que la película enganche, sino porque tiene una banda sonora increíble, como corresponde a una película musical (y eso sin contar los gritos y aspavientos de J. K. Simmons).

El final. El clímax de la película. El súmmum del montaje está aquí, en unos 15 minutos finales que, sin lugar a dudas, pueden (y deben) ser recordados 4ever. Aquí no hay medias tintas, estamos ante uno de los mejores finales de los últimos años. Y no por un giro final tipo novela de Dan Brown que erróneamente llaman inesperado, sino porque la carga que contienen esos badum, tss, plash, pom y el resto de sonidos que realizan los bateristas (sí, esta palabra existe, ya os dije que la RAE lo acepta todo) es CINE. Así, olvidando el bloq. Mayús.

Yo sólo recomiendo que si tenéis que perseguir un sueño sea el verla como yo, al lado de la cantante Zahara, que es como un plus a todo lo que he dicho, pero que no podía dejar pasar la ocasión de restregaros. Badum. Plash!

Lo mejor: el clímax, 15 minutos sin pestañear.

Lo peor: el personaje del padre está sólo esbozado.

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