Banda sonora de 2001: una odisea del espacio

He de ser honesto y sincerarme desde el principio, para luego poder proseguir: no hay certeza posible respecto a cómo abarcar esta obra.

Yo soy de los que se pierden incluso en una rotonda, pero aquí es tremendamente fácil perderse en detalles y diferentes lecturas, para mí y para cualquiera. Vamos a intentar fijar algunos pilares básicos o se caerá todo análisis por su propio peso.

Toda la banda sonora está compuesta de forma previa a la existencia de la película, y por otro lado, más que hablar de banda sonora, deberíamos hablar del sonido; la música es un sonido más que se usa en la dirección, y esta película lo lleva a la práctica de forma absoluta.

Con una estructura propia de la ópera, todo comienza con una obertura y se permite un intermedio entre el primer par de actos y el segundo. En ambas ocasiones, la música encargada de hacer despertar la angustia del espectador y prepararle para la futura incomodidad es la pieza «Atmosphères» del compositor György Ligeti, coetáneo de Kubrick y la película en cuestión.

Lo que para el espectador medio podría resultar mero ruido —y la banda sonora de sus peores pesadillas— esconde una partitura escrita para adentrarse en el vacío. Tal es la búsqueda de esa sensación que en la obertura la pieza termina a los dos minutos y cincuenta segundos, tras escuchar una oleada de vibraciones que bien podría representar una tormenta de arena que nos ahoga. Mientras, en el intermedio, la misma pieza terminará aproximadamente cuarenta segundos antes, sin llegar a esa parte concreta de la partitura, centrándose en la incertidumbre inicial.

Ante la infinidad de interpretaciones a las que se presta la incursión de «El Danubio Azul» de Johann Strauss, personalmente me gusta permitir aquí un toque casi burlesco que normalmente no es apreciado. Vemos cómo la azafata está tratando de aprender a caminar ante la falta de gravedad, como si de un niño en sus primeros pasos se tratara. Todo ello mientras la música danza. El universo está en armonía y los humanos adultos son niños en un baile que les queda grande, ¡pero son tan felices así! Es similar a un hilo musical ideal para un mundo feliz lleno de sonrientes ignorantes. En lo estrictamente musical se presenta algo sencillo en lo superficial, y eso es magnífico para disuadir nuestras preocupaciones de las miradas inquietantes de las naves.

Probablemente la inclusión de «El Danubio Azul» con semejante trasfondo podría estar entre las mejores ideas musicales que ha tenido la historia del cine.

Del mismo compositor mencionado anteriormente, György Ligeti, salta a escena lo que bien podría acompañar a una película de terror. El «Réquiem» que pone sonido al miedo y la ingenuidad de los astronautas ante el monolito es un tema que pretende agitar nuestras inquietudes más profundas. Dicho de una forma simple: vas por el espacio, donde todo parece majestuosamente armonioso, y de pronto encontráis una piedra negra gigante; a más de uno le da un infarto, y no hay ambulancias por ahí. Todo eso conseguido con un coro de voces perfectamente usado para amedrentarnos hasta el límite.

El intermedio, cuya música ya hemos nombrado, no necesita alcanzar la catarsis porque ésta vendrá en los actos posteriores.

Aquí quiero aprovechar para resaltar el valor del silencio y de los sonidos libres de musicalidad alguna. Concretamente, hay uno de vital importancia: la respiración. Cuando salen de la nave y únicamente escuchamos ante el vacío silencio del espacio el sonido de la respiración del astronauta, es algo desalentador. El ser humano es un pez fuera del agua que lucha por mantenerse vivo y es necesario que esa sensación se nos transmita a través del oído, porque la respiración es la función vital más primigenia que podemos encontrarnos. Nos está recordando cómo sobrevive el ser humano, simplemente con un golpe auditivo repetitivo del que no somos plenamente conscientes porque le restamos importancia.

Para la parte final hemos dejado lo más importante de todo, a pesar de que es otra vez una música que cumple un ciclo, tanto al principio de la película tras la obertura como al final de la película para cerrar —todo lo posible— el viaje. A esta obra la podríamos llamar «el amanecer del hombre», muy a pesar de que en realidad se trate de «Así habló Zaratustra», un poema sinfónico de Richard Strauss que posiblemente ceda parte de su calado y significado filosófico a la obra homónima, por lo que aquí se nos da una puerta con nombre y apellidos, pero depende de nosotros abrirla y adentrarnos en ella. Lo que no deja lugar a dudas es su fuerza armónica. Un simple cambio de modo mayor a modo menor —un cambio del carácter y ánimo de la música— a través de un simple bemol casi imperceptible, determina la diferencia entre la meta de la evolución y el renacer de la especie. En apenas unos acordes se deambula entre esas dos ideas.

Es cierto que encontramos otros temas en la banda sonora, como el «Gayane Ballet Suite» de Aram Khachaturian, u otro más del recurrido György Ligeti, «Lux Aeterna»; pero la última y especial mención será para la dirección de orquesta que realiza Herbert von Karajan en la grabación usada de «El Danubio Azul».

Y con ese vals en mente, os invitamos a que dejéis vuestra mente a merced de los sentidos mientras volvéis a visitar la odisea entre odiseas del séptimo arte.

Os invitamos también a leer el análisis de esta obra maestra aquí.

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