Blade Runner 2049: homenaje

Encuéntrame esta noche en la tierra de los sueños, decía en una de sus canciones el grupo La dama se esconde, y quizás sea la cita perfecta para hablar de Blade Runner 2049Denis Villeneuve ha asumido la osadía de realizar la continuación de una obra mítica, como fue, es y será siempre el Blade Runner de Ridley Scott. Y lo ha materializado con un prodigio visual que está al alcance de muy pocos.

Visualmente perfecta, esta Blade Runner 2049 destaca por el cuidado y detalle de unas composiciones de escena que resultan no solo brillantes, sino deslumbrantes en su concepción y genialidad. El inconveniente viene en que esta maravillosa belleza formal choca con un contenido que, francamente, no está a la altura. Villeneuve se ha preocupado tanto por emular la magia del original, que ha dejado en el tintero la necesidad de una sólida historia.

Así, esta Blade Runner 2049 es como sus protagonistas, los replicantes, una copia perfectamente ejecutada del original que carece de alma, aunque sea capaz de mostrar breves e intensos destellos de grandeza. Porque pese a su innegable poder visual, esta película sin alma resulta tan fría y falta de emociones como unos androides que siguen soñando con ovejas eléctricas.

Todo el filme es una gigantesca y prolífica referencia al original, no solo en su deseo de reproducir su puesta en escena, ambiente y fotografía, sino en todos los detalles más o menos icónicos. Se trata de una declaración de amor, un emotivo homenaje a una obra maestra que no tiene sentido recuperar, porque ya se encuentra en el corazón y en el imaginario de todos los que amamos el cine.

Y, sobre todo, que Denis Villeneuve no tiene la necesidad de intentar replicar ningún éxito pasado, siendo, como es, uno de los directores con más talento de la actualidad, capaz de crear complejas atmósferas de manera original (Enemy, La llegada). Pero el gran fallo no ha sido la obsesión de Villeneuve por emular el clásico, sino la falta de consistencia de un guion que no aporta nada a la historia y no justifica su continuación. Porque esto de que los replicantes pueden comportarse de manera más humana que los propios seres humanos ya lo hemos visto.

Por eso, pese a la maestría de Villeneuve, la primera parte de esta secuela resulta lenta, falta de ritmo y tan alienada como el mundo distópico que nos muestra. No será hasta mucho más adelante en el metraje que realmente la historia encuentre su ritmo, creando una parte final trepidante que por fin se muestra hasta onírica como conjunto.

También ayuda la aparición de Harrison Ford como Rick Deckard, que, como ya demostró en la recuperación de su otro personaje icónico, Han Solo, en El despertar de la fuerza, sigue manteniendo todo el carisma y la presencia que más quisiera poseer el siempre inexpresivo Ryan Gosling, aunque aquí tiene algunos momentos salvables. Tampoco aporta nada Ana de Armas, que se queda en una voluntariosa interpretación también, ¡ay!, sin alma.

Lo mejor: la excepcional fotografía de Roger Deakins y unas escenas de composición perfecta.

Lo peor: la inconsistencia del guion. ¿Por qué se ha querido repetir el mismo recurso que ya utilizó Jóhann Jóhannsson en la música de La llegada?

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