Después de la tormenta: magnífico error el mío

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En mi diarrea verbal de hoy, voy a hacer una confesión que a muchos os parecerá terrible. Los lectores más cinéfilos de bollacos me odiaréis y exigiréis inmediatamente mi expulsión de este blog para que la cultura y la madurez intelectual prevalezcan sobre la desidia y la estupidez. Pero antes de todo eso, voy a hablaros de Después de la tormenta (After the storm en inglés; Umi yori mo mada fukaku en el japonés original).

Hirokazu Koreeda dirige este magnífico contramanual de la vida, en el que una situación familiar cotidiana funciona como espejo de temas tan universales como la soledad, la esperanza o el fracaso. Y lo hace de una forma serena, natural, sin gigantescos dramas ni grandes adornos, que se nos mete bajo la piel. Narra la convivencia de un frustrado escritor, cuyo sueldo dilapida en apuestas, con su ex pareja sentimental y madre de su hijo de once años. Toda la película es caldo de cultivo para que el espectador comprenda la psicología de sus personajes antes de llegar al tramo final, en el que un tifón les impide volver a sus casas y los tres deben quedarse con la abuela durante la noche.

Koreeda utiliza largos planos para asegurar el ritmo lento que, si bien no es el de la vida real, nos garantiza empatizar de forma especial con los personajes. Hiroshi Abe (Still walking, Hero) lleva la batuta de una interpretación sosegada que culmina con la ternura que nos inspira la actriz Kirin Kiki (Una pastelería en Tokio), en el papel de la sabia matriarca que ya está de vuelta en la vida.

En definitiva, es una de esas películas que ha venido para quedarse en mi imaginario personal sobre la madurez. Y lo más curioso de todo esto, es que fui a ver esta película sin querer. Una amiga nos invitó a sus hermanas y a mí a ver “una película que agradeces” según sus propias palabras. Presté la atención justa, para evitar crearme demasiadas expectativas  y me dejé llevar por un plan de cine más que apetecible.

Cuando comenzó la película y vi los correspondientes títulos de crédito en japonés, me fui al rincón de la memoria que albergaba la conversación de sobremesa en la que había surgido el plan. Oí voces que ensalzaban la película, oí el nombre de un director que quería sonarme -un nombre poco oriental, he de decir-, oí también un posible título, pero no logré localizar la frase “es japonesa” en ninguno de los ecos que resonaban en mi cabeza mientras me esforzaba por leer los subtítulos de Después de la tormenta. A lo mejor estoy haciendo gala de una especie de identificación patriótica del que ni siquiera era consciente, pero cuando recomiendo una película que no viene de Hollywood (¡ay, la industria!) automáticamente hago referencia a su país de origen. Así, La vida es bella es una película italiana, Los chicos del coro es francesa y Victoria es alemana. Simple y llanamente. Tan poco convencida estaba de que ésa era la película que teníamos que ver, que revisé las entradas. Película correcta, sesión correcta. Fin de la cuestión.

Pues resulta que no, que habíamos sido invitadas a ver Yo, Daniel Blake (que no sonaba muy japonesa) y nos habían dado mal las entradas. Y he aquí mi terrible revelación: yo no habría ido a ver la película motu propio porque nunca me ha dado por ver cine japonés. Ya está, ya lo he dicho. No he visto El viaje de Chihiro, ni Mi vecino Totoro ni la reciente Una pastelería en Tokio – así que mejor, de pelis antiguas, ni hablamos. Sé quién es Akira Kurosawa gracias a la cultura popular y creo que he escrito bien su nombre gracias a internet. No es que esté en contra del cine japonés, entendámonos: es que me da la impresión de que me queda grande una película cuyo contexto social e idioma desconozco por completo. O eso es una excusa y yo una total y absoluta ignorante. Que también puede ser.

Una vez hecha mi confesión, y sabiendo que esta revelación me cerrará las puertas de la crítica profesional, les pido a aquellos que hayan seguido leyendo que perdonen mi estupidez. Pero también les digo una cosa: bendito mal día del taquillero, que posiblemente estuviese pensando en su cena o en el examen de inglés de su hijo mayor, porque me ha abierto un mundo de deliciosas posibilidades. Gracias, taquillero despistado. Gracias, casualidad. Gracias, modorra de sobremesa. Dicen que después de la tormenta llega la calma. Para mí, llegan largas horas de entretenimiento audiovisual oriental.

Lo mejor: me debato entre la bendita casualidad que me llevó a ver esta película y la actriz Kirin Kiki, que inspira una ternura infinita.

Lo peor: como todos los clásicos japoneses me lleguen al alma la mitad que Después de la tormenta, voy a pasarme el resto de mi vida fustigádome.

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