Dolor y gloria: intranscendencia

Esta Dolor y gloria, último trabajo del director Pedro Almodóvar, podría considerarse casi como una redención pública, una confesión cinematográfica. Tremendamente íntima y personal, supone el exorcismo de los fantasmas del pasado del realizador manchego, pareciera un modo de disculparse por sus errores. Aunque también me produce la sensación de querer, de alguna manera, exhonerarse de alguno de ellos.

Y todo lo anterior está realmente bien, ¿qué otro tipo de catarsis puede encontrar un cineasta que plasmarlo en una película? El problema que yo encuentro en Dolor y gloria es que me pregunto hasta qué punto es relevante para mí como espectador.

Al fin y al cabo, se trata de una cinta centrada en un personaje, Antonio Banderas como un alter ego del propio Almodóvar, que resulta bastante antipático, por más que intente provocar pena por sus problemas de salud (no tengo ninguna duda que terribles).

Un director de cine bloqueado y en horas bajas, que se enfrenta a duras situaciones personales, pero que sigue atrapado en la misma dinámica de malas decisiones.

Almodóvar sigue plasmando temas ya tratados a lo largo de su cinematografía, como son la soledad, el amor (o desamor), el recuerdo idealizado de la niñez, el deseo o despertar sexual y la pérdida.

Sin duda, lo mejor del filme se encuentra precisamente en los recuerdos de su niñez, con su madre (a la que da vida una fantástica  Penélope Cruz), y que contiene un tono muy diferente, luminoso, al que marca cuando se acerca al presente.

No faltan escenas bellamente compuestas ni la mano del que es un gran realizador, pese a que la película me parezca intrascendente y que no aporte nada a su filmografía más que el ejercicio liberador de sincerarse.

Hay que destacar la gran cantidad de actores reconocidos que pueblan esta revisión personal de la vida del director: Leonardo Sbaraglia, Raúl Arévalo, Nora Navas, Cecilia Roth, Julián López, Julieta Serrano y hasta Rosalía. Además del sobrio y excelente trabajo de Antonio Banderas, debo admirar la interpretación de Penélope Cruz que, como ocurre con José Coronado, con el tiempo se ha convertido en una maravillosa actriz; mientras Asier Etxeandia resulta no sólo correcto, sino convincente.

Lo mejor: las escenas de la niñez, el sobrio trabajo de Antonio Banderas y el muy destacable de Penélope Cruz.

Lo peor: esto es una afirmación puramente subjetiva, pero me parece que el ego del director le ha impedido desnudarse de verdad en esta muestra de redención artística.

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