El Ministerio del Tiempo: ni la mejor serie de la historia, ni españolada a desechar

TVE nos sorprendía este febrero con una serie que se adentraba en el mundo de los viajes al pasado: El Ministerio del Tiempo. La creciente afición y buenas críticas a la serie, que fueron creciendo semana tras semana como una bola de nieve, obligaron a un servidor a sentarse y prestar un poco de atención. He de admitir que al principio me costó un poco (admito que a veces doy razones para ganarme el título de hater de las series españolas), pero al final El Ministerio me ha terminado convenciendo, aunque no es oro todo lo que reluce dentro de sus paredes. El primer escollo que me encontré fue el mismo mecanismo de los viajes en el tiempo.

Y es que para un pequeño aficionado de la ciencia-ficción que le despachen la explicación de cómo funciona las puertas como la simple revelación de un rabino… pues no termina de colar. Es un salto de fe. ¿Y se puede viajar al futuro? ¿Es este el tiempo actual o somos parte de un época remota de la historia de un futuro muy lejano? De nuevo, un razonamiento simple que es incapaz de responder a dos preguntas que vienen a la cabeza de uno en cuanto conoce la existencia de estos viajes: “El tiempo es el que es” (enlace, minuto 6.10).

Sin embargo, sabemos también desde el primer momento que en el Ministerio trabajan funcionarios de todas las épocas. Del Siglo de Oro, por ejemplo. Velázquez, el pintor, sí, transita por los pasillos y oficinas a menudo. Velázquez en el siglo XXI. ¿Eso no es un viaje al futuro? ¿Cómo sabemos que no formamos parte del pasado y nos están manipulando con pequeñas triquiñuelas como hacen los protagonistas cada episodio? Aquí el guion hace aguas por todos lados.

Por otra parte, aceptar el funcionamiento del Ministerio así, tan sencillo como nos lo han explicado, forma parte del juego del guionista con el espectador. Nos proponen un universo, unas reglas del juego y, hale, a jugar. Es una de las cosas que a mí, personalmente, más me costó de la serie. Pero sigamos adelante: funcionarios.

Ya los hemos mencionado y parece que la Historia de España no es nada sin ellos, que son un actor más junto con políticos, reyes, sindicatos y anarquistas. Los funcionarios forman parte activa del Ministerio, como no podía ser de otra manera. El guion busca los lugares comunes, aquellos en los que todos nos podemos sentir identificados. Es una moneda de doble cara. El recurso facilón de mostrar a un funcionario hablando de sus moscosos, recortes en el sueldo, que si son lentos, que si son vagos… ya lo hemos oído mil veces. Lo mismo pasa con los comentarios del tipo “este país nunca cambiará” o que los franceses son malos y nos tiran los camiones de fruta (esto último no lo dicen literalmente). Somos españoles y ya sabemos cuáles son nuestros clichés, no pasa nada por ser más sutil y menos obvio. Los espectadores somos mayores de edad y no hace falta que nos lo den todo bien mascadito.

La producción de la serie, como si fuera otro de los clichés, es española y se nota. Es injusto comparar El Ministerio del Tiempo con Juego de Tronos. La diferencia en presupuesto es inmensa y, claro, si no tienes los mismos recursos no puedes obtener los mismos resultados. Y hay ocasiones en las que el vestuario parece más un disfraz y los decorados huelen a cartón piedra a distancia.

Y ahora quizás me esté poniendo pejiguero: los diálogos también son españoles. Típicos de cualquier serie de producción nacional de nuestro prime time. A veces parece que están sacados directamente de un libreto de teatro o de una novela. Se enredan en expresiones que difícilmente oiríamos en voz alta en una conversación normal.

Pero como todo en el Ministerio, tiene su otra cara. A veces te sorprenden con reacciones geniales:

– ¿Qué es eso de servicio de habitaciones?

– Lo que me sale de los cojones.

Aquí, cuando los guionistas se desmelenan, dejan perlas de un valor incalculable, como bien recopila esta sección en la misma página oficial de la serie. En una de ellas, el mismo Velázquez, sí, otra vez el pintor, ejerce de portavoz de una autocrítica a las series de televisión: están mal iluminadas. Simplemente maravilloso.

En la página que acabo de enlazar se puede ver una pequeña selección de los personajes históricos. Y aquí ya empezamos con las virtudes de la serie, que no son escasas. Hablar de Historia de España, de la cultura y personajes de nuestro país en prime time y tener mucha audiencia es un éxito incontestable. Sin paliativos. Para quitarse el sombrero. Quizás la aproximación a genios como Velázquez, Lope de Vega o Lorca sin ningún atisbo de endiosarlos sea la clave.

Formar parte de un acervo cultural común que, sin embargo, se queda en la superficie. En que Lope era un ‘pichabrava’ o que Franco no tenía ni idea de alemán. Son quizás unos ‘lugares comunes’ demasiado recurrentes y facilones, pero el peaje que hay que pagar si se quiere acercar un poquito de cultura al gran público. Para, por ejemplo, conseguir que alguien se interese por el Gernika de Picasso si pasa cerca del Reina Sofía. Un trabajo encomiable de todas maneras.

El reparto es otro de los puntos fuertes. Además de estar brillantemente escogidas las procedencias del trío protagonista, una de las cosas que más me ha gustado es el importante papel de las mujeres. Tampoco estamos hablando de una serie revolucionariamente feminista, pero es un gran paso en la buena dirección, hacia una ficción en la que las mujeres tengan papeles relevantes, importantes y al margen de los hombres.

Y para muestra, dos de los personajes principales: Aída Folch, la primera mujer española en la universidad, en el siglo XIX, para más mérito. Y el personaje interpretado por Cayetana Guillén Cuervo, que además de ser mujer e interpretar a una de los superiores de los protagonistas, es lesbiana. Y no trata de ocultarlo, más bien al contrario, parece que aprovecha para intentar ligar si ve una ocasión (¿por qué los pichabravas siempre tienen que ser hombres?).

Alonso de Entrerríos es otro de los protagonistas. Soldado español de los tercios de Flandes, siempre saca a relucir la gloria de España, su bravuconería y el voto a tal típicos de la época. Su buena actuación se ha ganado la simpatía del público con motivos de sobra. Aunque quizás de su procedencia se podría haber sacado algo más de jugo que unas cuantas broncas en la defensa de la honra.

De Rodolfo Sancho, puede decirse que, pese a ser el hilo conductor de una de las tramas principales, su personaje parece ir perdiendo importancia por momentos en la trama, aunque deja momentos memorables como aquel en que se presenta como ‘Curro Jiménez’.

Apunte pejiguero. De esto hablaré otro día más en profundidad. Pero un apunte para futuros directores: Velázquez y Picasso eran andaluces. Y no veo rastro de su acento por ningún lado. Error histórico, no pasa nada porque se hable andaluz en TVE. Por otro lado, que me corrijan los lectores andaluces, pero a mí el andaluz de Lorca tampoco me convence.

En definitiva, se trata de una muy buena apuesta de Televisión Española, como serie de ficción y como forma de acercar la cultura al gran público. No pasará a la historia como la mejor producción de nuestro país, pero sus puntos fuertes la hacen merecedora de un visionado atento y de una segunda temporada que, afortunadamente, ya está firmada.

Lo mejor: el trato irreverente y divertido de personajes históricos de toda extracción, el ritmo ágil y el tono en general, además de su función incalculable como divulgadora de un pedacito muy pequeño de nuestra cultura. Los ‘pros’ superan con claridad a los ‘contras’.

Lo peor: el pacto que propone al espectador al principio es quizá un salto de fe para los que necesitamos saber más del funcionamiento de una trama. Diálogos algo farragosos y producción mejorable (pero no vamos a pedir milagros que el dinero no puede comprar). No te gustará si crees que la Historia o el Arte es algo sacrosanto sobre lo que no se puede blasfemar.

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