Gett, el divorcio de Viviane Amsalem: cine para el pobre, cine necesario

Gabriel Celaya escribió sobre la “poesía para el pobre, poesía necesaria/ como el pan de cada día/ como el aire que exigimos trece veces por minuto” en el mismo poema en el que hablaba de “las bárbaras, terribles, amorosas crueldades”. No es pues inusitado que dicha mezcolanza pueda hacer referencia de igual forma a una película suprema -dejémonos de milongas que esto de crítica tiene poco, acaso exaltación es la palabra-, perfecta en todos los sentidos y sentimientos, hecha con las ‘cuatro perras bien aprovechás’ con las que las abuelas hacen los pucheros y que, en definitiva, hace del cine lo que conocemos por el cine.

Hace poco, tras un tweet que puse precisamente enardeciendo este largometraje israelí -pero con una mala uva indigna de los jerifaltes hollywoodienses-, me preguntaron varias personas totalmente dispares cómo ver esta película. Y claro, no supe responder en ninguna de las ocasiones más que con un ‘en un cine en V.O., en Madrid’. No sabía cómo exponer que estas películas no las estrenan en unos cines donde 7 salas irán destinadas a las sombras -más bien claroscuros- del Christian Grey que, cito, “folla… duro”. Desconozco si Gett: el divorcio de Viviane Amsalem será doblada al castellano, pero insto desde aquí a que eso, haceos, hacedme un favor, no sea óbice para verla.

No es usual de por sí ir al cine en estos tiempos en los que ni siquiera dentro -¡con lo que cuestan las entradas!- la gente es capaz de despegarse del móvil. Y con todo y sin embargo, fui al cine a verla, junto a unas 10 personas, última sesión, que salieron con el estupor y la sorpresa de que lo que acababan de proyectar allí, con toda razón, merece un puesto de honor en 2015. Y eso que yo ya la había visto. Pero el impacto que me dejó fue tal poso, que necesité volver a sentarme en una butaca a oscuras para entender todo el proceso por el que pasa una judía que quiere divorciarse de su marido en el Estado de Israel.

La premisa es simple. La realidad no. En la Ley Religiosa del país, que es la que rige la fanfarria marital, las mujeres sólo pueden obtener el divorcio si el marido lo aprueba o bajo una serie de supuestos que no vienen al caso pero que están recogidos en el halajá, que es la legislación religiosa judía. Y, a pesar de ello, Viviane Amsalem, interpretada por Ronit Elkabetz (a su vez, co-directora de la película y soberbia en un personaje que apenas habla, pero cómo crece, cómo la comprendes, cómo maldice), pide a las cortes rabínicas poner fin a su matrimonio con Elisha (Simon Abkarian, con ese deje, esa mirada, esa condescendencia que te hace entenderle incluso, en un rol de díficil empatía).

Y ya, con eso se construye una película de dos horas donde, a la manera de hacer del bueno de Sidney Lumet en Doce hombres sin piedad, la acción no sale de los juzgados, a pesar de que el proceso dure 5 años, y sean necesarias las elipsis. Unas elipsis, por cierto, que marcan el ritmo de la película, hacen evolucionar a los personajes, te revelan sus cambios: aquí entra en juego un apartado poco laureado y es la labor de vestuario de una protagonista que, en dependencia a su actitud, escoge falda o luto. Una acción construida en un guion tildado de tensión, de dosificación, de congoja, pasión, furia y hasta humor en los apenas 10 metros cuadrados de un juicio desprovisto de la parafernalia norteamericana. Los personajes ante paredes blancas y limpias. Ante ellos mismos.

Porque si hay algo que deificar en la película eso es su dirección. Si antes la manera de hacer era de Lumet (o hasta del Polansky de Un Dios salvaje, otro buen título para este filme), en este caso los directores, los hermanos Elkabetz, Ronit y Shlomi, optan por colocar la cámara SIEMPRE desde el punto de vista de alguno de las personas presentes en esa sala, involucrándote directamente en ese proceso que no acaba. Que lleva ya cinco años. Dos horas de película que acaban con, al cabo, por fin una melodía, un increscendo. Qué pena, pues, que todo esto sea fruto de la realidad que viven en  Israel, donde tan necesitados están de melodía, cine y poesía para el pobre, melodía, cine y poesía necesarias.

2 Comments on “Gett, el divorcio de Viviane Amsalem: cine para el pobre, cine necesario”

  1. Ayyy, pues muchas gracias por la info. Se lo diré a mi tía, que me dice que le recomiende películas donde no tenga que leer 😀

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