Jasón y los argonautas: El hombre de una sola sandalia

Los esqueletos son los malos. por si había dudas.

Hay un sentimiento dulciamargo a la hora de hablar de la película favorita de uno mismo. Como queriendo que todos sientan lo que para ti representa. Es un miedo atroz a que quien te lea o escuche no llegue a comprender el amor que profesas por esos 104′ de metraje, mezclado de alguna forma con una ilusión creciente a que tú, que ahora lees esto, tomes partido y decidas que el ‘de esta noche no pasa’ sea cierto. Al menos hay una certeza: hagas lo que hagas, te sabrá a poco, a que se quedan cosas en el tintero, a falta de tiempo, a falta de espacio, a detalles perdidos.

La forma en la que una película se convierte en la preferida de alguien no es explicable con un 100% de objetividad: siempre quedará una grieta, un resquicio de porqués que el resto, más que tú, no comprenderán. Hasta aquí todo correcto. Tal vez sea la primera película que te hizo llorar, aquella que fuiste a ver con la que chica que te hacía tilín o, si nos ponemos hollywoodienses, aquella de la no dejaba de hablar tu amigo Jimmy antes de irse a Vietnam para no volver. Ninguna de estas es la mía.

No recuerdo la primera vez que vi Jasón y los argonautas, pero recuerdo todas y cada una de las veces que la vi desde entonces. Y son un puñao. De pequeño, tenía una rutina con mi hermano: llegábamos del colegio, almorzábamos, hacíamos la tarea (por entonces los niños teníamos deberes) y veíamos merendando una película que ya nos conocíamos. El VHS de Jasón y los argonautas acabó quemado. Qué incendiable era el celuloide y qué formas hemos tenido de evitarnos con sucesivos inventos una muerte tan cinéfila. No era original la película, sino una grabación de una emisión televisiva. Y con anuncios. Aún hoy podría recitar los diálogos del anuncio de Don Limpio.

Porque me sé los diálogos, claro. Y los planos. Y las anécdotas del rodaje o las vidas de los actores. Pero aun no recordando frases como “Habrá sido el viento” o “… dientes hijos del dragón, ¡hijos de la noche!”, Jasón y los argonautas seguiría siendo mi película favorita y la que vería -si esto se pudiera elegir- antes de morir. Mi ‘Rosebud’. Aun sin contener la escena preferida de Tim Burton, aún así, aun sin ser un film reivindicable y no un símbolo mainstream. Aún así. Porque lo que rodea a la película es un amor por el cine sin que ninguno de los aspectos del séptimo arte sobresalga: sus interpretaciones rozan la caricatura y el exceso, la dirección de Don Chaffey es efectiva, eficiente, pero no efectista (tal y como le ocurría en esa película infantil, pero olvidada, Pedro y el dragón Elliot) y la música de Bernard Herrmann, habitual de Hitchcock, con pesar, por estar grabada en mi memoria dados sus tintes épicos de péplum y reminiscencias arábico-orientales, no es su mejor obra.

Todd Armstrong interpretando ira.

Sin embargo, me vais a permitir el lujo, dado que habéis llegado hasta aquí, de deciros qué os enamorará si, predispuestos, la veis:

Por una parte tenéis unos efectos especiales, stop-motion mediante, del maestro Ray Harryhausen. Este señor, de mente decimonónica, un esteta de la artesanía, archienemigo del CGI, hizo que la imaginación de toda una generación despegara. Nunca un gigante de bronce pareció más real ni el cartón-piedra lució mármol de Carrara. Ved La novia cadáver, mirad la marca del piano en el mundo de los vivos. Tim Burton, como yo, es un romántico.

La marca del piano. Un ‘easter egg’ en toda regla, si supiera lo que un ‘easter egg’ es

Y por otro lado tenéis el guion. Esa vergüenza. Un script que nadie en su sano juicio compraría hoy en día: la protagonista femenina (Nancy Kovack) aparece por primera vez 25 minutos antes de que se acabe la película. Y en esa escasa media hora le da tiempo a tener arco de transformación: se enamora. Y no se enamora de cualquiera forma, sino con frases geniales como  “Iré contigo. Yo ya no tengo país. Y te quiero”. Un mal desarrollo de personajes, un objetivo del protagonista -conseguir el Vellocino de Oro en la Cólquida para recuperar el trono de Tesalia- que nunca se resuelve del todo, puntos de giro de la trama que nunca llegan, un viaje del héroe a medias. Bonita metáfora vital, ¿no? No hay final. Acaba en el presente. No saber qué ocurre a continuación, sin secuelas estúpidas, con lo más difícil por venir. Nadie dijo que fuera sencillo.

Jamás se conoce si el hombre que habría de derrocar a Pelías cumple con su cometido divino. Si el hombre de una sola sandalia recupera el poder que se le otorgó desde un Olimpo donde parece que Hera tiene bien cogido a Zeus por donde lanza rayos. Si ir al cine es una aventura en nuestros días, lo que te espera con Jasón (y una ristra de personajes secundarios mezcolanza de mitología: Hércules, Argos, las arpías o la hidra) es el epítome de dicha travesía.

Todas estas son mis razones para amar esta película. Espero haberos convencido. Para que la veáis al menos. Porque para tener una camiseta que dice ‘What would Thalos do?’ ya estoy yo. O un reloj con motivos de Jasón y los argonautas colgado en el salón, pero que nunca da la hora. O un tatuaje en el tobillo de aquella película que no recuerdas cuándo viste por primera vez.

‘¿Qué haría este gigante de bronce?’: el Modus Vivendi que todos necesitamos

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