La teoría del todo: Lecciones para hacer de personajes históricos y no morir en el intento

La nueva fiebre espacial que ha venido comandada por películas como Gravity o Interestelar, o en la pequeña pantalla (aunque ya de pequeña poco, todo sea dicho) por la revisión del Cosmos de Carl Sagan a cargo de Neil deGrasse Tyson y su bigote de otro planeta, tiene un nuevo adalid. Y, en este caso, no es ni “blockbusteriana” ni didáctica. Es algo más común: ¿sigue siendo astrofísica? Por supuesto, pero en esta ocasión en forma de “biopic, que es una palabra que usamos demasiado para no estar aceptada por la RAE, y eso que la RAE últimamente lo acepta todo.

La cosa es que la película relata la vida y obra de Stephen Hawking, que por si alguien no lo sabe es un astrofísico en silla de ruedas con una voz metálica que lo peta, pero que no puede moverse por una enfermedad que te explican muy bien en la película, y que además ese hombre hizo un cameo en Los Simpsons cuando Los Simpsons eran Los Simpsons. Es el papel perfecto para ganar premios, porque, como decía Robert Downey Jr. en Tropic Thunderno se puede hacer de retrasado total”, y aquí es bien cierto que puedes hacer de retrasado, sí, pero es que eres un retrasado genio y a ti te viene un tonto y le mandas un agujero negro de los tuyos y aquí paz y después gloria.

En fin, que me desvío. La figura de Stephen Hawking (Eddie Redmayne, superlativo) es de sobra conocida. De hecho su celebridad, como bien le diría Chaplin a Einstein, es un reto complicadísimo: “todo el mundo le admira y prácticamente nadie le comprende”. Y en ello ahonda La Teoría del todo, una película que, sin ser redonda, agarra con fuerza su desmesurado academicismo hasta hacerlo seña de identidad. Banalizando cualquier aspecto demasiado científico hasta condensarlos en una metáfora entre patatas y guisantes, la cinta consigue transmitir una humanidad tal que te llega a hacer pensar si es que tú, en tu maravilloso asiento fila número once, no te estarás tomando la vida demasiado a broma para lo que ha sufrido el resto del mundo. O siquiera si te estás esforzando en sacar tu vida adelante. Vamos, que la película es de estas cintas que llaman “de superación personal” que tanto le gustan a la Academia y a tu madre. Y no nos referimos a la humanidad de Hawking, que también, sino a ella, a Jane, a una Felicity Jones a la que sólo le hace falta parpadear un par de veces para que tengamos la tensión, la angustia palpable, no ya de no comprender el origen del universo, sino de no comprendernos nosotros mismos.

Y es que la pareja protagonista copa todas las alabanzas de una película que adolece de gancho en su segundo tramo (demasiado golosa es la adolescencia del científico como para que ocupe tan poco en el montaje final), que parece estar rodado con una desazón inane, tal vez por la falta de objetivo del protagonista, amén del que ya ha conseguido: sobrevivir más allá de esos dos años que le pronosticaron mientras diagnosticaban su enfermedad. Si bien el tercero en discordia, Charlie Cox -incitador profesional al adulterio-, Redmayne -huyendo de esa interpretación plana de Los Miserables, y Felicity Jones -grande J.A. Bayona habiéndola fichado para su próximo film- nos regalan sendas interpretaciones para la memoria histórica, lo hacen bajo una dirección que, ojalá entendáis lo que voy a decir a continuación, es vacua y sin estilo, casi de telefilm, amén de un par de momentos memorables, que hacen de James Marsh el peón prescindible del largometraje. ¡A saber qué hubiera hecho con este material expertos biógrafos como Milos Forman pre Los fantasmas de Goya!

Por si fuera poco, la película tiene una de esas bandas sonoras que ganan Globos de Oro y se te quedan grabadas en la memoria, tengan o no polémica. Ésta proviene de que el motivo principal que recorre la cinta, y hasta en el tráiler suena, no forma parte de la composición original de Jóhann Jóhannsson (algo así como el nombre más islandés all around the world), sino de The Cinematric Orchestra, y el resto de las partituras de nuestro amigo no son sino variaciones o la estela de dicha composición.

Para acabar: la película es una muy digna recreación de la vida de este admirado científico y su esposa, en gran parte por la labor inconmensurable de sus actores y una música y un póster que molan “cantidubi”. No es la mejor película del año, pero que nadie piense que los premios que se lleve o haya llevado no han sido merecidos. Si hasta se me saltó la lagrimita, y yo no lloro ni mirando de cerca una cebolla recién cortada. Imaginaos pues.

One Comment on “La teoría del todo: Lecciones para hacer de personajes históricos y no morir en el intento”

  1. Una crítica constructiva y muy bien estructurada. Pienso lo mismo acerca de la segunda mitad de la película, y quizás le falte algo de inventiva. No se debería haber ceñido tanto a la vida real de los personajes, que, aunque parezca una tontería decirlo, para mí se pasa de crudeza en gran parte de la película. No sé, le falta algo de hipeo y de cosas maravillosas que aunque no ocurrieran podrían haber ocurrido, y que simplemente con añadir al final “Basado en hechos reales” se hubieran compensado. Un saludo.

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