Las furias: tragedia griega


Para cualquier aficionado al teatro, Miguel del Arco no necesita presentación. Para los no tan aficionados a las tablas, baste decir que el señor del Arco despierta pasiones por igual tanto en crítica como público, por su valentía, casi osadía, originalidad e inmenso talento. De su genial visión han salido algunas de las obras más celebradas en los últimos años, y si, como desde aquí te recomiendo, quieres asistir a alguna de sus funciones, más vale que te des prisa, porque las entradas tienden a agotarse.

Y así, el primer filme de la Pasada Seminci fue este Las furias, el debut como realizador del señor del Arco. Un interesantísimo e intenso drama, sobre las relaciones de una familia con muchísimos problemas que irán desvelándose a lo largo del metraje. Todos los miembros de esta peculiar familia terminarán enfrentándose unos a otros por viejas rencillas, mientras varios secretos van saliendo a la luz.

En un drama de personajes tan marcado es imprescindible contar con intérpretes de primera línea. Y eso es lo que ha hecho del Arco, rodeándose de algunos de sus colaboradores habituales y de grandes figuras del cine. Es maravilloso asistir a esa clase de interpretación que siempre nos ofrece José Sacristán, incluso sin apenas diálogos, al encarnar a un enfermo de Alzheimer que solo recuerda su pasado como actor teatral; o a la de Mercedes Sampietro, como una psicóloga que nunca ha sabido relacionarse con sus hijos y a los que no sabe enfrentarse; y a la de una inmensa Carmen Machi, como una mujer cargada de traumas e ira, que está a punto de perder todo lo que ama; o a la solidez de Gonzalo de Castro (queremos verle más en el cine) y a la naturalidad aplastante de Bárbara Lennie, con un logrado acento argentino.

La trama va evolucionando, creciendo según conocemos todos los problemas familiares de unos seres en su mayor parte infelices. La tensión aumenta según se revelan los secretos de los personajes, acabando en enfrentamientos hasta físicos, hasta encontrar la redención final. También hay que destacar que, pese a la larga duración del filme (un poco más de 2 horas), ésta no se acusa, gracias a la tensión emocional de la historia.

El único pero que puedo ponerle a esta producción es que algunos recursos simbólicos, más propios del teatro, no terminan de funcionar aquí como debieran. Por ello, quizás la parte más onírica de la película sea también la más endeble.

Lo mejor: constatar el talento de Miguel del Arco también en el séptimo arte, y las interpretaciones de la mayoría de los actores.

Lo peor: Macarena Sanz en su papel de María.

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