Placeres culpables del cine

Es increíble cómo pasa el tiempo, resulta que este pasado mes de marzo, el día 12 exactamente, este blog, Bollacos: hambre de cine, ha cumplido 7 añitos (aunque eso, en equivalencia perruna son ni más ni menos que 35 añazos 😜). Para celebrarlo, he contactado con otros amigos y compañeros blogueros de cine para hacer este post sobre placeres culpables.

¿Que qué son los placeres culpables? Pues esas cosas que te encantan, pero que te da vergüenza reconocer. Ya sabes, por lo que pensarán los demás, por sus miradas de juicio, por ataques de risa y mofas continuas… Seguro que sabes de lo que te hablo.

Pues para este séptimo aniversario de Bollacos, qué mejor que confesar esas películas que disfrutamos los que hablamos de cine, pero que nos cuesta reconocer. Seguro que nos perdonáis, ¿no?

Algo pasa con Mary

Alfonso Caro – El Palomitrón

La verdad es que nunca me he sentido muy arrepentido de mis gustos cinéfilos, y siempre se me ha dado bien eso de defender a capa a espada las películas a las que por unos u otros motivos vuelvo con frecuencia, sometiéndolas a enésimos visionados, disfrutando una y otra vez de las mismas virtudes, aunque solo éstas se muestren a mis ojos.

Para este especial, y muy en línea con los tiempos que corren, he elegido, después de mucho meditar, una comedia imposible de hacer hoy en día. Quizá también imposible de plantear: Algo pasa con Mary (Peter y Bobby Farrelly, 1998). La película puede convertirse perfectamente en un guilty pleasure en estos tiempos de corrección política, de compromiso y de inclusión. 120 minutos de comedia sin freno que hoy en día difícilmente vería la luz verde en ningún estudio de Hollywood. Los colectivos sociales destrozarían una película que es la antítesis de la reciente Campeones, el feminismo (y también los que no son feministas) tardaría menos de una décima de segundo en encontrar conductas de acoso sexual por parte de todos los personajes de la trama, los animalistas pondrían el grito en el cielo con Dani Rovira a la cabeza, y no más relajados quedarían los colectivos LGTB+ con su representación en la película, y la homofobia latente que vive en uno de los interrogatorios que más carcajadas me han arrancado en la historia del cine. No cabe duda de que si se estrenase hoy en día Twitter entraría en ebullición y el debate (más bien la pelea) estaría servida para alborozo de sus turbas.

Se abre así una reflexión acerca del cine y su contexto, acerca de la obra y su audiencia. ¿Puede una película que goza de la simpatía del público convertirse en una obra rechazada, apartada y arrinconada por la sociedad, por las nuevas audiencias? No cabe duda de que sí, y el western clásico  está a punto de descubrirlo.

Lo que nunca cambiará será mi sentido del humor, y estoy preparado para disfrutar de esta falta absoluta de decoro como si de un postre privado se tratase, consumido en solitario y con la luz apagada. Disfrutado una y otra vez en la intimidad.

Sexo en Nueva York 2

Juan Roures – La estación del fotograma perdido

No soy una persona que se avergüence de sus gustos, por arriesgados o ingenuos que puedan ser en ocasiones: si una película me interesa, doy por hecho que algo en ella lo merece. Por eso, cuando Beatriz me animó a escoger un “placer culpable”, tuve que rebuscar literalmente entre la basura para encontrar una película que, siendo innegablemente espantosa, haya disfrutado de todos modos.

Así di con Sexo en Nueva York 2, la cual, a diferencia de su correcta predecesora (Sexo en Nueva York: La película, 2008) y, claro está, la excelente serie original (Sexo en Nueva York, 1998), es un verdadero despropósito plagado de tonterías, clichés y motivos justificados para ofenderse.

Sin embargo, viendo a Sarah Jessica Parker, Kim Cattrall, Kristin Davis y Cynthia Nixon pasándoselo de lo lindo entre insultantes lujos exóticos, uno se siente extrañamente reconfortado. Que la película merecía los tres Razzie que recibió es innegable; que me la tragaría de nuevo en una tarde lluviosa, también.

Mientras dormías

Óscar Vela – La taverna del Mastí

Pues me he decantado por Mientras dormías (While You Were Sleeping, 1995) de Jon Turteltaub. Por aquella época Sandra Bullock alcanzó la popularidad gracias a que un año antes protagonizó junto a Keanu Reeves la cinta de acción Speed (Jan de Bont, 1994). Ya en el centro de todas las miradas, realizó la comedia romántica que nos concierne, con la premisa de arrebatarle el trono a la reina de la comedia por aquel entonces, Meg Ryan. El resultado fue una comedia que, aunque sea blanca y previsible, funciona como un reloj y es divertidísima.

Posiblemente aún sea la mejor de las que ha protagonizado Sandra Bullock, o por lo menos es la más entrañable. Es que el reencuentro con Keanu Reeves en La casa del lago (The Lake House, 2006) de Alejandro Agresti me toca mucho las narices, a sabiendas que es un mal remake de una película coreana que me encanta, Il Mare (Siworae, 2000) de Lee Hyun-seung; que si no la habéis visto os la recomiendo encarecidamente.

Volviendo a Mientras dormías, la he elegido debido a que, aparte de que es un filme que me encanta, atesoro una pequeña anécdota de cuando fui al cine a verla en su momento. Hay que mencionar que en aquellos lares era un adolescente que acababa de estrenar la mayoría de edad y asistía a las clases del instituto en el turno nocturno, por la razón de que empecé a trabajar en el bar de mis padres. Un día cualquiera, entre semana, en vez de venir a recogerme mi padre, vinieron mi madre y mi tía, que se lo habían ideado para ir al cine con la excusa de mi recogida estudiantil. Así que fuimos los tres al cine y la vimos (y cuando digo cine era de esos de antes, que solamente tenía dos salas y se estrenaba una película a la semana; unas salas que por desgracia han desaparecido). Al día siguiente continué con mi rutina; sin embargo, cuando salí del instituto se volvían a encontrar tanto mi madre como mi tía, esperándome para volver al cine a verla de nuevo. En fin, que fue una película que vi dos veces seguidas en el cine en aquella época, y fue la responsable de que tenga especial predilección por las comedias románticas. Sin duda es uno de mis placeres culpables. Con los años me he vuelto bastante exigente, y no veo cualquier cosa, suelo ser muy selectivo a la hora de visionar una obra cinematográfica; no obstante, a pesar de que Mientras dormías no es ninguna obra maestra, por el momento en que la vi y por mi curiosa anécdota personal, aún tiene un pequeño lugar guardado en mi corazoncito. 

Starship Troopers (Las brigadas del espacio) y Speed Racer

Neovallense – El blog de Neovallense

A la propuesta de Bollacos de confesar mi placer culpable al mundo, de sacar del ostracismo esa película que veo a escondidas por el temor a que alguien se ría de mí… Le di muchas vueltas a la cabeza, intentando recordar si aquella cinta podría considerarse como tal, o aquella otra de un director de alegre filmografía, pero la cuestión es que, pensándolo bien, se puede decir que ninguno de los filmes con los que gozo recurrentemente me provocan ningún signo de culpabilidad.

Si tengo que mencionar alguna, sin duda tengo dos que, quizá, podrían ser un placer culpable para algunos, pero para mí nunca lo fueron a pesar de que personas de mi entorno incluso se burlaran de mí por el hecho de que me parecieran auténticas joyas cinematográficas. No obstante, el tiempo me ha dado la razón, ya que a día de hoy son dos piezas que cada vez tienen más voces que reivindican sus valores, lo cual, no voy a negarlo, me provoca una gran satisfacción.

Paul Verhoeven es un cineasta con una ecléctica filmografía que, como muchos otros, estuvo un tiempo en Hollywood donde filmó varias obras consideradas hoy de culto. Una de ellas es, sin duda, Starship Troopers: Las brigadas del espacio, cinta que tuve la fortuna de ver en pantalla grande hace unos cuantos años y con la que aluciné en colores. Hay quien la consideró una especie de panfleto fascista, quizá porque no pilló la nada sutil sátira de la que está impregnada toda la historia, solo hace falta ver los anuncios que la salpican para darse más que cuenta de ello (por ejemplo, el que censuren cómo un bicho acaba con una vaca para, a continuación, mostrar decenas de colonos hechos literalmente puré por los insectos; o ese maravilloso anuncio de los niños pisando cucarachas y una mujer loca de felicidad). El discurso de la cinta de Verhoeven, guionizada por Edward Neumeier (quien dirigió un par de secuelas directas a vídeo), sigue muy vigente y, si bien algunos efectos visuales ya no tienen el impacto que tuvieron en su momento, sigue siendo una orgía de acción, gore y mucha mala baba que todo aficionado al buen cine debería ver o redescubrir.

La otra película a la que hago referencia está escrita y dirigida por dos de mis cineastas predilectas, las hermanas Wachowski. Las Wachowski venían de concatenar varios éxitos, su famosa Trilogía Matrix y la producción (y el libreto) de V de Vendetta ; su siguiente proyecto se trató de otra adaptación, la del manganime de Tatsuo Yochida Mach Go Go Go, conocido por estos lares como Meteoro y en tierras yanquis como Speed Racer.

Sinceramente, cuando vi las primeras imágenes pensé que se habían pasado, pero eso no me impidió ir a verla y, simplemente, alucinar con las soluciones visuales que las Wachowski habían ideado. Si Matrix y sus secuelas bebían y mucho del anime, Speed Racer, lógicamente, es puro anime. Es cierto que tiene alguna escena (un par, diría yo), cuyo tono excesivamente infantil choca en un primer visionado, pero es que el resto es un festín visual sin precedentes, un goce total con unas carreras súper locas y altamente emocionantes, que hacen que termines de verla con un subidón de adrenalina de alto octanaje. Quien busque una gran carga filosófica mejor que vea otra película (como la maravillosa El atlas de las nubes , ya que nos ponemos reivindicativos), porque aunque Speed Racer también tiene su fondo (ahí está el jefazo de Industrias Royalton y sus motivaciones) su historia es solo una buena excusa para mostrarnos unas carreras de infarto.

No sé si habrá muchos cinéfilos que coincidan con mi punto de vista pero, en todo caso, animo a todos a que visionen estas dos obras sin ningún tipo de prejuicios. Quizá incluso os sorprendan.

Atrápame si puedes

Macguffin007 – Macguffin007

Hay quien pueda considerar Atrápame si puedes como una película menor de Spielberg, pero transcurridas casi dos décadas desde su estreno reivindicamos más que nunca este filme y reconocemos nuestro «placer culpable» hacia la misma cada vez que tenemos la oportunidad de verla.

La originalidad de los créditos iniciales al ritmo de la banda sonora de John Williams marcan un comienzo que nos hace ser conscientes que nada puede salir mal. El maravilloso tándem Leonardo DiCaprio y Tom Hanks encabeza el reparto de esta fascinante historia real basada en Frank W. Abagnale, un ser escurridizo y un verdadero maestro del engaño que adoptó siendo un crío diferentes identidades. A raíz del divorcio de sus padres se desencadena en Franky un trastorno de conducta que le llevará muy pronto a huir de sí mismo y querer ser otra persona. El personaje siente fascinación por convertirse en lo que sabe que nunca será. Su lastimada autoestima se aferra a ser una persona de éxito en busca de un constante reconocimiento y admiración.

El reverso del sueño americano llevado al cine de manera brillante por alguien como Spielberg, que lejos de convertir la película en ese juego del gato y el ratón, vuelve a mostrarnos esa inocencia perdida tan característica de su cine sacando nuevamente al niño que lleva dentro. Temas recurrentes y autobiográficos en su filmografía salen a relucir, como el divorcio de sus padres, su preocupación por la familia, el papel de la figura paterna o la forma de vida de la clase media.

Más allá del tratado de psicología que esconde la historia de un farsante con un talento innato para mimetizarse, estamos ante una entretenida película con un ritmo envidiable y unos diálogos que funcionan. Hay muchas escenas en las que sufrimos con el personaje cuando este se ve expuesto a situaciones de riesgo porque en el fondo no queremos que le desenmascaren. También muestra un tema inquietante y muy candente hoy en día como es lo increíblemente fácil que puede ser el engaño como forma de vida. Porque como el propio Franky afirma, «la gente solo sabe lo que se les dice».

Transformers

Arnau Roura – Cinezin

“Sin sacrificio no hay victoria”, es una de las frases que están más presentes en mi día a día y que, en mi opinión, es una verdad. Si queremos conseguir alguna cosa, necesitamos esforzarnos y, a veces, sacrificarnos para poder lograrlo. Y quién no ha sacrificado horas de dormir para poder ver películas y series para, luego, comentarlas y reseñarlas. Pues, aunque os parezca mentira, esta frase la dijo Optimus Prime cuando se estrenó Transformers (Michael Bay, 2007).

En verano de 2007 se estrenaba la primera película de la saga “Transformers”, de la mano de Michael Bay, un director polémico, e interpretada por Shia Labeouf, y Megan Fox. Por aquellos años yo tenía 10 años y salí del cine impresionado. No había visto nunca nada igual. Con los años, fui siguiendo la saga que había construido Bay a partir de los dibujos que ya existían. Dos años más tarde volví al cine a ver la segunda parte y así seguí hasta el 2011 cuando se estrenó la tercera parte.

A medida que mi interés por el cine creció e iba viendo más películas, me percaté que la saga de “Transformers” era muy odiada, al igual que su director. En conversaciones sobre cine, siempre era el que quedaba mal porque me gustaba la saga. Es por eso que, de alguna manera, “Transformers” se ha convertido en mi placer culpable porque si en algún momento necesito adrenalina, efectos especiales, acción y un chute de instantes épicos, veré, sin duda, alguna película de la saga. Además, no sé porqué, en todas las películas siempre saco una conclusión para reflexionar. Cierto es que no son películas pensadas para pensar, pero hay diálogos para enmarcar, como los discursos finales de Optimus Prime.

Debo decir que todas las películas de la saga me gustan y las veo sin problemas. De hecho, soy un fiel defensor de sus argumentos alocados e inverosímiles y, también, soy un defensor de Michael Bay. Pienso que muy poco directores pueden hacer lo mismo que hace él. Es por eso que pregunto al lector: ¿Soy menos cinéfilo porque me gusta Transformers? ¿Pierdo todo credibilidad como crítico al decir que me entusiasma la saga y las vería una y otra vez sin problemas? Sea como sea, es de la pocas veces que dejo por escrito mi amor por esta saga pero la ocasión lo merece ya que Bollacos cumple 7 años. Así pues, desde Cinezin, ¡felicidadaes!

 

Titanic

Beatriz Jiménez – Bollacos: hambre de cine

Como todo el mundo, estoy convencidísima del gran gusto que tengo en cine, por eso, como muchos compañeros han comentado, no suelo avergonzarme de lo que me gusta. No hace falta decir que ADORO el cine, y por eso veo un poco de todo, me da igual el estilo o la temática mientras tenga calidad. Y, aunque puedo disfrutar de cierto cine comercial, lo cierto es que prefiero el cine independiente o de autor.

De ahí que, dependiendo con quién, puede que me dé un poquito de vergüenza lo mucho que me gusta (y las veces que he visto) Titanic, el taquillazo de James Cameron. Y no tanto por la historia de amor, que no puede ser más previsible (aunque funcione), sino por lo bien que está recreado el transatlántico y la tragedia. Para mí es casi como el mejor exponente de ese cine especializado en desastres, que tan famoso se hizo en los 70.

Ese amor al detalle en replicar hasta la vajilla que se usó en el lujoso Titanic, las explicaciones de lo que pasó y cómo pasó, todo envuelto con unos personajes de los que encariñarte para luego hacerles sufrir o directamente ahogar, más la trama romántica/rivalidad entre el pérfido prometido y Leo es simplemente entretenidísima. Y eso a pesar de ese elemento de culebrón que empaña todo el film. El drama de la «pobre niña rica», que por fin entenderá la filosofía de vida del carpe diem, gracias a un artista callejero con el que tendrá un apasionado romance. Mientras el malo de la historia, el joven prometido  (rico y agraciado para más señas), les perseguirá por todo el barco, incluso cuando el agua helada del océano les llega a las rodillas.

Pues eso, que Titanic puede que trate de problemas del primer mundo, absurdos triángulos amorosos y esa malsana curiosidad por las grandes y épicas desgracias, pero qué os voy a decir, son 3 horas y 14 minutos que se pasan volando y que no solo disfruté en su día en pantalla grande, sino que cada que vez que la ponen en TV suelo caer y tragármela otra vez. Qué narices, ya que estamos, os confieso que el año pasado hasta me compré el bluray. Ah, y aunque Jack cogía perfectamente en la dichosa tabla, estoy de acuerdo con Cameron en que la historia necesitaba que el amigo Leo muriera en las gélidas aguas del océano.

Bueno, y tú, ¿nos confiesas tu placer culpable o no te atreves?

 

4 Comments on “Placeres culpables del cine”

  1. Muchas Felicidades por el cumpleaños, Beatriz

    Esperamos seguir disfrutando de tu estupendo blog, al menos, otros 35 años perrunos.

Responder a David Caridad Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.